Educación emocional

En el curso 2007-08 en el CEIP Antoni Balmanya recibimos como formación un seminario de "tutoría y educación emocional". Nuestra formadora fue Anna Carpena, profesora especializada en pedagogía terapéutica y maestra de primaria... (sigue)

La necesidad de educar nuestras emociones ha quedado recogida por primera vez en la ley de educación: la LOE.

Nuestra escuela edita trimestralmente un boletín en el que Anna Carpena tuvo la amabilidad de colaborar con el siguiente artículo.

A finales del siglo XX se cuestionó el concepto tradicional de inteligencia, según el cual las capacidades lógico matemáticas y las lingüísticas tienen capital importancia, y al mismo tiempo se da a entender que en cada persona se encuentran otros potenciales que la capacitan para el desarrollo de facultades necesarias para el individuo y la sociedad. De ese cuestionamiento salió el concepto de inteligencia emocional que se define como potencial, como un conjunto capacidades, el desarrollo del cual permite asumir una relación armónica con uno mismo y el entorno social.

Paralelamente a la aparición de este enfoque, desde la neurociencia se han ido haciendo aportaciones que demuestran la naturaleza biológica de las emociones y los sentimientos, el papel que tiene el cerebro y de qué manera la parte emocional de cada persona afecta el conocimiento, la razón y la relación con los demás ya que están presentes en toda toma de decisiones y en toda acción humana.

Estos nuevos planteos nos ayudan a comprender mejor al ser humano y nos llevan a formularnos a pregunta: ¿Qué tenemos que hacer para desarrollar la inteligencia emocional? La respuesta es la educación emocional. Es a través de la educación que podrán desarrollarse las diferentes competencias emocionales. Este proceso puede darse durante todo la vida, a diferencia de las capacidades intelectuales, que pueden desarrollarse hasta los 12 o 13 años.

El entorno de los niños es determinante para su educación y, en el tema que nos ocupa, lo es el entorno afectivo y el modelo de gestión emocional de los adultos cercanos. El ejemplo que dan los padres, y otros educadores, por lo que hace la manera como regulamos nuestras emociones y sentimientos y nuestra forma de relacionarnos con los demás será fundamento del desarrollo emocional de la criatura. Tenemos que comprender, entonces, la necesidad de que los educadores tengamos buenas competencias emocionales y sociales.

Entre los objetivos generales de la educación emocional podemos destacar los siguientes:

-adquirir un mejor conocimiento de las propias emociones.
-Desarrollar la capacidad de regular emociones y sentimientos.
-Desarrollar la capacidad de generar y disfrutar de emociones positivas.
-Identificar y comprender las emociones de los demás.
-Desear el propio bienestar y desear el bienestar del prójimo.
-Mejorar la capacidad de tomar decisiones y de actuar.

El objetivo final de todo el proceso es la felicidad, una felicidad comprendida, no sólo con el propio bienestar sino con el bienestar de los demás. Este objetivo será difícil de lograr si continuamos educando sólo la parte intelectual y la conductual, olvidando la dimensión de la persona que acompaña siempre la esencia humana: la emoción.

En nuestra cultura, eminentemente racionalista, a los sentimientos se les ha concedido la categoría de estorbo y se nos ha hecho llegar la consigna de "no sentir" como ideal racional. Hoy en día, se ha evidenciado que los sentimientos existen igualmente, aunque nos empeñemos en negarlos y que con esta negación corremos el peligro de ser sometidos por ellos. En el momento en que los sentimientos son conocidos racionalmente y se toma consciencia de las conductas que provocan, las posibilidades de actuar acertadamente aumentan.

Como dice Michel Lacroix, en el culto a la emoción, la capacidad de expresar y de sentir emociones es indispensable para la adopción de comportamientos racionales. Nadie está más expuesto al error que las personas que sólo actúan por reflexión.

Nosotros somos nuestros sentimientos y la manera en que nos entendemos con ellos. Cuanto más pronto-niños y educadores-iniciemos este entendimiento, más probabilidades de cambio individual y colectivo estaremos favoreciendo.

Anna Carpena

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