Educar en los límites

Años atrás me sorprendió una conversación en la puerta del colegio de mis hijos. Una madre le preguntaba a una niña de cuatro años si quería hacer dieta a la hora de comer en el comedor de escuela, ya que tenía gastroenteritis... (sigue)

Desde hace tiempo se detecta una cierta relajación en algunas familias en lo que se refiere a la educación de los hábitos. Quizás como rechazo a la imposición generalizada de unas normas demasiado rígidas en una época anterior, se ha pasado a una falta autoridad y a un trato, por parte de los padres, que ralentiza el progreso de sus hijos.

Si bien en tiempos pasados los adultos tendían a actuar con sus hijos con rigidez y sin practicar con ellos el razonamiento, ahora vemos que se han invertido los mandos y son las criaturas las que de alguna manera actúan así con sus padres, imponiendo su voluntad y decidiendo aspectos de su vida que todavía no les toca decidir.

Los niños, desde el momento que nacen y hasta que sean lo suficientemente grandes, necesitan pautas y modelos que les ayudarán en el desarrollo de su personalidad y les conferirán un grado de confianza necesario para crecer adecuadamente pero por otro lado también necesitan sentirse amados y por lo tanto no pueden vivir constantemente bajo la mirada controladora de los adultos que les rodean.

Encontrar un punto de equilibrio entre la necesidad de hacer seguir una serie de normas que son ineludibles y la manera en que conseguimos que los niños las sigan, es la base para transmitir una educación positiva.

Para educar nos resulta imposible la aplicación de una fórmula matemática que siempre se resuelva de la misma manera. Ningún padre dispone de la varita mágica que le permita actuar correctamente delante de cualquier situación cotidiana. A menudo cometemos errores que, lejos de desanimarnos, tienen que llevarnos a reflexionar con el único objetivo de pulir día a día nuestro papel de educadores. La educación es un acto de intercambio continuo, en el que todas las personas que intervienen deben hacer concesiones. Pero no nos equivoquemos, los padres tienen la mayor parte de responsabilidad y estamos obligados a ejercerla.

A veces a los adultos nos cuesta tomar decisiones respecto a los hijos y relegamos nuestra responsabilidad en ellos. Los hay que piensan que por el poco tiempo que están juntos es mejor concederles la mayoría de sus caprichos, porque así los compensan. Otros, dejan que sean ellos quienes decidan para evitar enfrentamientos que se producirán, con toda seguridad, si no se les da lo que quieren.

Ninguna de estas actitudes los ayuda, ya que lo que ellos reciben, es que sus padres no les dan los referentes de seguridad que necesitan para poder crecer y tendrán que buscarlos en otro entorno.

Habitualmente en el colegio trabajamos los hábitos, las normas autonomía personal y de convivencia que necesitan, pero ciertamente serán mucho más difíciles de asimilar por el alumnado si en su casa no le marcan las pautas. Pero lo que tiene que tenerse en cuenta es que si consiguen alcanzarlos el colegio, sin que esta tarea continúe a nivel familiar, le servirá de bien poco. Todo lo que aprendan en el centro escolar, si no tiene una continuidad en el entorno de la familia, se manifestará nada más en el colegio y no serán capaces de generalizarlo a todos los ámbitos de su vida. ¡Cuántas criaturas tienen un comportamiento muy diferente en el colegio y en casa!

Afortunadamente, en la conversación que escuché hace años, la niña tuvo el suficiente sentido común para decidir hacer dieta y curarse así su gastroenteritis, espero que la madre, a día de hoy, haya conseguido también la suficiente madurez para poder tomar sus propias decisiones.

Aurora Bellés, Educa, también las emociones

1 comentario:

lydiliz dijo...

Estoy muy de acuerdo con el artículo. En mi opinión, padres que crecieron en el seno de familias autoritarias son los que más inseguros se muestran a la hora de establecer límites a sus hijos. Dichos padrs, evaden su responsabilidad trasladándola a seres que no tienen conciencia de la trascendencia de sus decisiones y que crecen sin asumir con plenitud la reponsabilidad de sus actos.
Por desgracia, esos individuos se encuentran en su salsa en un sistema educativo como el español, en el que el esfuerzo y el compromiso, por no hablar del respeto a los demás, brillan por su ausencia, siendo los profesionales del sector los que de momento contemplan y viven sus consecuencias. En breve, sin embargo, se integraran a la sociedad plenamente. Serà entonces
cuando se haran visibles para todos

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